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¿Quien es Patricia Stahl? 

Ser bruja no fue una elección.
Fue una verdad que intenté silenciar durante años.

Mi historia no comienza conmigo.
 

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Mi historia


En el siglo XIII, en Fulda, Alemania, un pequeño grupo de practicantes paganos vivía cerca de un monasterio dominico. Lo que empezó como observación terminó siendo estrategia: algunos de ellos fueron protegidos, estudiados y eventualmente colocados en casas feudales y cortes europeas bajo títulos aceptables — médicos, alquimistas, astrónomos. La magia ceremonial, en ciertos contextos medievales, no estaba prohibida; estaba regulada.

Cuando ese equilibrio se rompió y las persecuciones cambiaron de forma, la familia comenzó a migrar por Europa. Checoslovaquia. Hungría. Austria. Francia. España. Portugal. A principios del siglo XVIII cruzaron el Atlántico y, finalmente, se establecieron en Nueva Orleans, donde aprendieron a ocultar la práctica bajo la figura de farmacéuticos.

Ahí nació mi bisabuela: Manón.

Manón — Manola— significa “la elegida”.

Ella fue quien sembró en mí el arte y la sabiduría 

Muchas tardes las pasé en la casa de mi bisabuela, rodeada de muñecas de porcelana. Tenía cinco o seis años cuando comenzó a enseñarme a leer el plomo.

—Ven —me decía— vamos a hablarle a las muñecas.

Derretía el plomo y lo vertía en agua.
—¿Qué ves?
Un árbol.
—¿Y qué significa?
Una casa.
Un pájaro.
Un anillo.
Un dragón.

Así empezó todo.

Con la inocencia suficiente para entender lo que veía, pero sin el peso histórico que acompañaba la palabra.

En segundo de primaria dije por primera vez, orgullosa:

“Soy bruja.”

La mamá de mi mejor amiga fue a quejarse a la dirección del colegio. Otras niñas también dijeron que yo les daba miedo. Era una escuela con preceptoría del Opus Dei. Estuve a punto de ser expulsada.

Aprendí temprano que la verdad puede incomodar.

En la adolescencia mis amigas me pedían que les leyera el futuro. Mientras era divertido, estaba permitido. Cuando las cosas ocurrían exactamente como las había visto, el miedo aparecía.

Hubo una noche en que, un chavo trató de pasarse de listo, y me dio una nalgada que despertó en mi una furia total que traduje en una sola frase “Antes de lo que te imaginas me las vas a pagar” y el conjuro exhalado cobro sentido cuando a los pocos minutos chocó de manera aparatosa rompiéndose la nariz. Se lo contó a todo el mundo. Descubrí que el rumor viaja más rápido que la explicación.

A los veintidós años cometí mi primer error serio de poder. En una relación dañina intenté hacer un amarre. Creí que estaba resolviendo amor; estaba aprendiendo responsabilidad. Hay decisiones que nos acompañan más tiempo del que imaginamos. La magia no es juego. Tiene consecuencias.

Con los años intenté ser “normal”, renunciar a mi propia historia. Me casé. Nacieron mis hijas. Guardé silencio. Guarde mis prácticas incluso para mi.

Hasta que la vida me llevó a un punto liminal.

Atravesaba por uno de esos periodos en los que nada parece funcionar, mi matrimonio estaba agonizando, la situación económica era desesperada, mi camino hacia el futuro parecía no existir, estaba desorientada, deprimida, realmente desesperada y quise mover la energía que había a mi alrededor lo que me llevó a hacer una limpieza profunda deprimida mi casa.

En una pequeña bodeguita encontré una caja sellada que no reconocí. Dentro había fotografías antiguas, documentos viejos y varios cuadernos escritos a lápiz con una caligrafía impecable.

Abrí el primero.

Decía:
“A mi querida niña.”

Eran libros de sombras. Grimorios. Escritos por mi bisabuela y por su madre. Partes en francés, en español, en inglés.

Los leí.
Los transcribí.
Los estudié.
Y recordé 

Entendí que no podía huir de lo que era.

Ese día no me volví diferente.
Me volví coherente.

La magia dejó de ser algo que escondía y se convirtió en algo que asumía con responsabilidad.

No soy una moda.
No soy un disfraz.
No soy una caricatura medieval.

Soy memoria.

Soy linaje que sobrevivió al silencio.
Soy mujer que aprendió que la percepción es responsabilidad.
Soy quien cruzó su propio umbral y decidió no volver a esconderse.

La bruja no es la mujer que lanza maldiciones.
Es la que ve lo que otros no quieren mirar.
La que entiende los ciclos.
La que sabe que toda intención tiene consecuencia.

No trabajo desde el miedo.
No trabajo desde la manipulación.
No trabajo desde la fantasía.

Trabajo desde la conciencia.

Creo en la energía como estructura viva.
En la palabra como acto creador.
En el límite como protección.
En la coherencia como poder.

Ser bruja es asumir lo que eres, aunque incomode.
Es recordar que la historia intentó callarnos…
y aun así aquí estamos.

No vine a convencerte.
Vine a sostener lo que sé.

Y si algo en ti se reconoce en estas palabras,
tal vez también estás lista para cruzar tu propio umbral.

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